En 50.000 años de transitar la senda de la inteligencia superior, homo sapiens no ha sabido nunca como, ni ha logrado aún, lidiar con la idea de la muerte, por lo que tuvo que recurrir a la superstición, a la magia de la resurrección, para así evadir el horror que le inspira la idea de su "Yo" sepultado como un animal cualquiera, o encerrado en una caja fría y maloliente, por los siglos de los siglos. Totalmente negado a aceptar, su soberbia de simio superior se lo impide, que su existencia es tan efímera como uno cualquiera de los parpadeos de una luciérnaga en la noche, inventa la vida eterna para un "Yo" que él mismo no alcanza a comprender. No comprende ni el concepto del Yo, ni el de la Eternidad. "Yo" es una entidad que él palpa, ve y toca, tiene consistencia física, es un cuerpo, pero que sabe, por haberlo visto mil millones de veces, que es mortal, que degenera y se acaba, hasta convertirse en un mísero puñado de tierra. Pero su intuición -o su mejor deseo- le dicen que hay algo un poco más adentro, en instancias no biológicas, algo que existe y está formado por sus recuerdos, sus sentimientos, sus anhelos, sus esperanzas, sus sueños y pesadillas. Para ese Yo intangible inventa entonces la eternidad. Asustado, aterrorizado por la persecutoria imagen de la noche eterna de la muerte, homo sapiens decreta su propia inmortalidad. Pero un logro tan asombroso como la vida eterna exige una razón de ser, una causa también enorme, superiorísima: El Creador de todas las cosas, su amo y señor, Dios.
Dios nace en la mente del hombre, por una necesidad fundamental de acallar su miedo a la muerte, miedo que es hijo primigenio de la inteligencia, de la capacidad de homo-sapiens de razonar, de inventar la causalidad, la relación entre una causa y un efecto. Todos los mamíferos intuyen la muerte y su batallar por conservar la vida, catalogado en el siglo XIX por la soberbia humana como "instinto de conservación" es una prueba de ello, pero al final el animal se rinde a la muerte cuando ella la resulta inevitable. El animal apresado y a punto de morir entran en un estado catatónico, de "shock" y acepta la muerte. Homo-sapiens, el super simio, no acepta la muerte, la pospone, la retrasa a un punto en el infinito, a la "eternidad", abrazando un subterfugio que es su relación con su "creador" la causa original de su propia existencia. Dios es hijo del miedo a la muerte. La evasión ad-infinitum de la muerte impone la necesidad de la existencia de la "eternidad" un concepto que la mente del homo-sapiens no alcanza a comprender, entonces lanza decretos absurdos como ese maléfico y horripilante de arder en las llamas del infierno por toda la eternidad, o el de la contemplación del magnífico rostro de dios, por toda la eternidad, sin que una mente ecuánime puede discernir cual de las dos cosas es más espantosa, si el dolor infinito del fuego sobre la piel "para siempre" o el tedio infinito de la contemplación de dios, también "para siempre".
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