La actual situación en Venezuela parece promover una confrontación entre los Estados Unidos de América y Rusia, cuando ambos países se enfrascan en una confrontación verbal -hasta la fecha- sobre el destino de este país. Es una situación que muchos analizan, todavía, bajo las premisas de la Guerra Fría, que fue, en esencia una confrontación económica, como todas las guerras, con un fuerte carácter ideológico. Fue un momento en el que un obrero llevado a la cúspide del poder, en reconocimiento del proletario universal, el Sr. Nikita Krushov, se midió contra un príncipe del sistema de clases norteamericano, el Sr. John Fitzgerald Kennedy. Pero la realidad del problema venezolano parece muy distante de esa fantasía ochentosa. Venezuela fue conducida por Hugo Chávez Frías, un militar mediocre, proveniente de una familia obrera, muy constreñida en sus posibilidades económicas, y llevado al poder por su labia atrevida, combinada con la idiotez política generalizada del venezolano, cuando los Estados Unidos volvieron a cometer el mismo error que cometieron con Cuba, cuando la forzaron a aliarse con la URSS, dándole la espalda a un tercermundista resentido como Chávez, empujándolo a los brazos de Fidel Castro, quien pataleaba desesperado para encontrar a otro financista de su estrepitoso fracaso político: La Revolución Cubana, muerta de hambre. El abrazo patético entre Chávez y Castro selló el destino del país más próspero y con mayor potencial de latinoamérica, al llevarlo al oscuro foso del Socialismo del Siglo XXI, esa tenebrosa caverna del verbo encendido de un charlatán, casado con la ignorancia crasa del tercermundismo sobre el verdadero problema económico del mundo. Lo que sucede hoy, en marzo de 2019 es que nuevamente la política exterior norteamericana, miope como un topo y sorda como una tapia, empuja de nuevo, a Venezuela, esta vez personificada, no por Chávez, muerto, sino por una logia militar incompetente y corrupta cuya fachada constitucional, ya prescrita, es el acceso de Nicolás Maduro al poder por la vía electoral, a pesar de haber transitado el camino del fraude más descarado. Trump, profiriendo tímidas amenazas "todas las opciones están en la mesa" ha preferido rechazar a Maduro, empujándolo a los brazos de Putín y Rusia, una nación que es, al final, una corporación transnacional traficante de armas de guerra, que promueve guerras en todo el mundo, con el solo objeto de vender sus Kalashnikovs, sus Sukohi, sus misiles y sistemas de radar. Putín azuza a los militares venezolanos, empujándolos a comprar armamento, con el argumento de que Trump va a invadir a Venezuela, sacarlos del poder y meterlos a todos en la prisión de Guantánamo. Con ese argumento ya Putín ha sacado de Venezuela ingentes recursos, oro, petróleo, y quien sabe que más, en cantidades muy grandes. Mientras tanto D. Trump, que tiene la misma ética de un rinoceronte en celo, le hace el juego a V. Putín, su socio y compañero de tropelías, para -probablemente- ganarse unos dólares más. Venezuela ha caído entonces en un juego perverso entre dos comerciantes de alto calibre: Donald Trump y Vladimir Putín, personajes cuyos objetivos son cualquier cosa menos ideológicos, filosóficos o éticos. La otra cara de la moneda, lo que realmente impide que un país como Estados Unidos esté dispuesto a detener la penetración Rusa en el continente americano, es que una invasión militar de Venezuela no es una operación como invadir Grenada o Panamá, dos localidades que, en su momento eran pequeñas provincias con muy pocos problemas reales. Venezuela es un país de 30 millones de habitantes, 1 millón de kilómetros cuadrados de territorio, cuatro fronteras sensibles y llenas de conflictos, una infraestructura colapsada por la desidia y la corrupción, una PDVSA reducida a la inopia, una CVG aniquilada, una tierra fértil pero abandonada, un parque industrial destruido por las nacionalizaciones y una economía desbocada, todo como parte de una sociedad acostumbrada a recibir la gasolina regalada, a no pagar o pagar centavos por los servicios y muy dada a permitirse el robo del dinero público en cantidades nauseabundas. Para los Estados Unidos, Colombia y Brasil, los tres países más afectados por el descalabro venezolano, no se trata solo de aniquilar a Maduro y sus militares corruptos, aniquilables en pocas horas por cualquier intervención armada organizada, sino de ocuparse de rescatar un país que está de rodillas y una sociedad que se ha desconectado del trabajo y el respeto por la ley, como principios básicos del desarrollo humano y económico. Trump y los republicanos siguen deshojando la Margarita, si invadimos, no invadimos, solo por cuestiones de orden de política interna norteamericanas y no por temor a la reacción Rusa. Los rusos no van a entrar en guerra con los Estados Unidos, ni por Venezuela ni por nadie, ellos lo que quieren es venderle armas a los militares venezolanos y llevarse de estas tierras toda la riqueza que puedan. Los norteamericanos no invaden porque sacan cuentas de lo que cuesta recomponer a Venezuela y pasarse 15 o 20 años subsidiando a una sociedad que todavía no aprecia el valor del trabajo y del respeto por la ley, como fuentes de riqueza y bienestar sustentables.
Venezuela debe dar pasos esenciales para su recuperación. Como negociar con el FMI los créditos indispensables y enormes, para su rescate, a cambio de la privatización de PDVSA, CVG, y las empresas de infraestructura, lo cual implica, para una población acostumbrada a la gasolina, electricidad, gas y agua grátis, acostumbrarse a pagar los precios internacionales. De no pagar nada por un tanque de gasolina a tener que pagar 20 o 30 dólares hay un mundo de distancia que el venezolano medio, no puede superar.
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