viernes, 27 de octubre de 2017
EL DÍA EN QUE EL DESTINO NOS ALCANZÓ
EL DIA EN QUE EL DESTINO NOS ALCANZÓ
Mi país ha vivido un siglo de vanas ilusiones desde aquel pasado de una sociedad campesina decimonónica, cándida, casi analfabeta, comandada por bravos caudillos regionales de grandes bigotes y piernas encorvadas por el lomo del caballo. Una comarca ingenua despertada de sus sueños pre-modernos por el ruido de los taladros de la Creole Petroleum Corporation, manejados por rubicundos nuevos conquistadores. Unos "musiúes" que llegaron con sus tanqueros a llevarse el oro negro y a llenar las arcas de la casa de gobierno con dinero fácil. Atrás dejaron el sudor y el dolor de espalda del halar de la escardilla sobre la tierra negra de los Andes. Atrás quedó la polvareda de los caminos del llano cruzados por flacos rebaños. Atrás quedaron las penurias y la escasez. Con brazos abiertos recibieron todos, sombrero panamá en mano ellos, sombrilla y pañoleta sobre la cabellera negra ellas, a General Electric, a General Motors, a los camiones cargados con neveras Westinghouse y Frigidair, Vitrolas RCA Victor y toda la parfernalia de la naciente sociedad de consumo americana: los electrodomésticos, la radio, el cine, la aviación, los autos, la moda.
Han pasado cien años de vivir a costa de una riqueza que, por una de esas cosas del destino, estaba debajo de esta tierra y no de otra. Cien años de creer que la vida es fácil, que basta esforzarse un poquito, basta ponerse en el lugar adecuado en el momento adecuado y con un poco de viveza, un mínimo de emprendimiento, se podía llegar lejos.
Cien años de pensar que todo era barato, que bastaba con extender un poco las manos para hallar lo que necesitábamos. Cien años de considerar el turismo como algo que estaba al alcance de todos, desde el taxista o camionero hasta el empresario de alto vuelo. Cien años de creerse, con pleno convencimiento, dueño de una verdad muy nuestra, aquella que decía que quien no lo tiene es porque no lo quiere.
Mi país fue pionero, sin mucho esfuerzo, del progreso. En política se adelantó décadas al acabar con una dictadura militar e implantar una democracia con voto libre. En economía fue tierra privilegiada, dentro de un continente inmenso, atribulado por la escasez y las carencias. Mientras acá un empleado de segundo o tercer nivel planificaba con una familia de cuatro o cinco a cuestas, sus vacaciones anuales en un lugar de ensueño, el Puerto Libre de la Isla de Margarita, en Centroamérica, en Colombia -nuestra vecina y hermana de sangre- en el Sur, la gente batallaba día a día por un plato de comida decente. En Miami nuestra Mecca adorada, cubanos y portoriqueños, exiliados políticos o por necesidad, nos miraban con asombro y envidia gastar dinero a montones, comprábamos las cosas de a dos o por docenas. Nos bautizaron con un feo mote, los "indios tabarato", porque ante todos los productos en las tiendas exclamábamos "está barato, dame dos".
Construimos fabulosos imperios industriales. PDVSA una de las grandes corporaciones del mundo. La Corporación Venezolana de Guayana esa alma del país que en manos de hombres excepcionales hizo Edelca, con su soberbio Guri y sus embalses ciclópeos, hizo Venalum, la productora de aluminio más eficaz y económicamente exitosa del mundo, hizo Bauxiven, hizo Sidor una metalúrgica monstruosa. Autopistas, carreteras, aeropuertos, hoteles salían como hongos por doquier. Se hizo VIASA, una línea aérea bandera que circunnavegaba el globo. El fabuloso transporte aéreo supersónico Concorde volaba a tres o cuatro ciudades del mundo, una era Caracas. El Plan Gran Marsical de Ayacucho envió a miles de jóvenes a todas las universidades del mundo, de donde regresaron con profesiones, oficios, títulos, doctorados. Los planes de vivienda social bullían, la meta de cien mil casas por año fue lograda un par de veces por un gobierno. Pleno empleo fue la meta de otro y lo logró.
Pero todo fue hecho con dinero regalado. No tuvimos que ir a ninguna guerra para defender lo nuestro, para conquistar mercados, de hecho hicimos lo contrario, abrimos las fronteras ¡Bienvenidos todos, vengan que acá hay de sobra!
Un gérmen oculto en el ADN de esta sociedad, comenzó su trabajo de destrucción. El gérmen del desamor, del oportunismo, del facilismo, ese que describen castizamente como: de lo que nada cuesta, hagamos fiesta. El país era un proveedor generoso, abundante, sin duda demasiado. Había crédito para todo, había amigos con influencias, había laxitud. Los bancos nacionales prestaban dinero a manos llenas, créditos que muchos ni siquiera pagaban, se hacían negocios inmensos con dinero de todos, sin devolverlo o mal devuelto. Las utilidades, además, no se invertían acá, se exportaban. El sueño criollo era hacerse rico para irse a los Estados Unidos, a la Florida. El país daba para no recibir nada a cambio. Comenzaron a abrirse las brechas. Había cada vez más millonarios, pero cada vez menos empleos, unos sufrían, otros se bañaban en abundancia. Los políticos comenzaron a ser millonarios parados en pedestales demasiado altos.
Un día llegó uno que entendió mejor que nadie las reglas del juego, trató de tomar el poder por la fuerza, fracasó, pero con una lengua feroz dijo una frase lapidaria: Por ahora, los objetivos no se han logrado. Ese día comenzó la agonía.
Un "pueblo" con el sabor del abandono en el alma, abrazó la idea del "angel vengador", el héroe popular, el Robin Hood que había llegado para salvar al "pobre" de la avaricia del "rico". Una sociedad que por cuatro décadas había visto crecer la pobreza de la mayoría, cuando aumentaba la riqueza de las minorías gobernantes abrazó al nuevo caudillo, le dio todo, le entregó el país envuelto en papel de regalo con un lazo rojo. El militar comprendió rápido qué era lo que tenía que hacer: Ponerse en la riqueza petrolera y usarla a su antojo. Lo logró, por desidia, por corrupción, por complicidad, por indiferencia. Fue así como una de las grandes riquezas del mundo cayó en las manos de un solo hombre, sin escrúpulos, sin principios morales, sin ataduras filosóficas. Comenzó la destrucción del espejismo, la negación de la entelequia de la "riqueza" venezolana.
Una riqueza nacional es aquella que surge de la cultura, de los arraigos atávicos, de los principios seculares. Las grandes sociedades del mundo se forjaron en milenios, siglo tras siglo de luchas, de guerras, de diatribas, de búsquedas duras, difíciles, de derramamiento de sangre, de trabajo duro y agotador. La cultura japonesa, esa maravilla del desarrollo humano, no se hizo ni siquiera en un siglo, se formó en al menos un par de milenios. Los vikingos del 1.200 eran unos guerreros sanguinarios, asaltantes, piratas, invasores, que destruían villas enteras a sangre y fuego borrachos de hidromiel. Su industria ere el saqueo, el asesinato a mansalva de pueblos enteros. Hoy son los ciudadanos más pacíficos, pulcros y ordenados del mundo, hoy son esos daneses, holandeses, suecos, noruegos, suizos que han formado países de ensueño, llenos de flores de primavera, de respeto por la ley, de igualdad, de fraternidad, de respeto extremo de los derechos del individuo.
Mi país, que fue un proyecto moderno de grandes promesas, falló, su destino inevitable lo alcanzó. Se acabó la riqueza petrolera, se secaron los pimpollos de aquellos principios de democracia y respeto por la ley que apenas hace unas décadas habían brotado. Mi país es una sociedad abortada, un parto sietemesino imposible de salvar en el que mueren la madre y el niño.
Nuestro destino nos alcanzó y hoy nos atrapa con un abrazo férreo, mortal. Somos una sociedad de cultura precaria, de principios enclenques, de amor por el oportunismo, de búsqueda del logro fácil, del dame lo mío porque soy nacido en un país petrolero. Hoy somos una sociedad sin futuro. Todo está a la venta, las cosas, los bienes, la gente, los principios, todo es una mercancía en una vitrina de amoralidad.
Mi país está a décadas de ser una sociedad ni siquiera aceptable y a siglos de ser una sociedad avanzada.
Mi generación se va, se adentra en el olvido marcada con el estigma del fracaso, el pecado de legarle a las generaciones del futuro una tierra arrasada por la codicia, por la inmoralidad, por la estupidez y la ignorancia. Pareciera que solo nos queda rendirnos y pedir perdón, callar y esperar que suceda el milagro de que de las entrañas del monstruo mismo surja un ángel vengador que atrape a la demencia colectiva, a la locura desbocada, la amarre y la encierre en el infierno, para darle así una oportunidad a la razón, a la inteligencia, a la decencia.
Eso sin duda alguna llegará algún día, pasados muchos años de penurias, de trabajo, de búsqueda, tal vez de guerras y sangre derramada, pues nada importante en este mundo se logra sin dolor.
Yo, rendido, renuncio a participar, no soy Neomar Lander, ni Juan Pernalete, ni David Villasmil, no me gané ni merezco el honor de ser uno del batallón de los vencedores del mal, no tengo tampoco la fuerza, ni me queda el tiempo que hace falta.
Jaime Esparza
27/10/2017
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